Verdades que tenemos que reconocer. Nosotras
ocupamos el último puesto de la especie humana. Somos la parte “flaca” del
género humano. Las funciones menos importantes son la parte que tenemos que
realizar y ésta es una verdad que tenemos que reconocer dónde, además, tenemos
también, que amoldarnos a ella, pues ha de influir en todos nuestros actos y ha
de ser manantial de nuestra dicha si obramos de un modo consecuente con este
criterio.
Antaño, cuando nacía una niña pasaban tres día enteros sin dignarse
pensar en ella. La tendían en el suelo sobre unos harapos, cerca del lecho de
la madre. Esto era todo el cuidado que merecía. El tercer día, después de visitar
a la madre, empezaban a atender a la pequeña y la trasladaban a la sala de los
antepasados. El padre, teniendo a su hija en brazos, y los acompañantes
teniendo en la mano algunos ladrillos o tejas, permanecían en pie un rato ante
la representación de los antepasados, a quienes ofrecían en silencio; el padre
a la recién nacida, y sus acompañantes los ladrillos y tejas que llevaban…
La iniciación de la vida de las niñas con esta ceremonia quedaba
iniciada a la vida de la niña, que no debía ensoberbecerse nunca, comprendiendo
el papel secundario que le había señalado la naturaleza.
Si la mujer está convencida de la misión que le compete y si cumple los
deberes que le atañen, será feliz y no hallará penoso aquello que se exige de
ella.
2º.
Deberes generales de la mujer casada.
En el artículo segundo hablaba de los
deberes generales de las mujeres cuando están bajo la potestad del marido.
Cuando la muchacha ha llegado a la edad conveniente, la entregaban a una
familia extraña. En este nuevo estado tiene nuevos deberes que llenar, y estos
deberes consisten no sólo en hacer todo lo que las circunstancias imponen sino
en saber adelantarse a las mismas. Su intuición y su afán de complacer son las
que la guiarán del mejor sentido.
3º. El respeto que debe la mujer al marido y de la vigilancia continua
que ha de ejercer sobre sí misma.
El artículo tercero, la famosa escritora se
detenía en tratar del respeto “sin límites” que la mujer debe a su marido de
ésta manera y forma.
Afectos constantes. ¿Queréis que
os respete vuestro marido? Tened para él un respeto sin límites. ¿Queréis que
os honre con su estimación y que os profese un afecto constante? Velad sin
desmayo sobre vosotras mismas, procurando no advierta vuestros defectos y
esmerándoos en corregirlos y enmendarlos. Estas
dos virtudes son: Un respeto sin límites, continuo para aquel cuyo nombre
lleves, o sea, el esposo y una atención perseverante sobre ti misma, sobre tu
comportamiento. Fijaos: Una mujer que no se cuida de estas virtudes o que no forme de
ellas la base sobre la cual ha de apoyarse la tranquilidad de sus días, caerá
bien pronto, con el tiempo, en los vicios opuestos, y será la más desgraciada
de las mujeres.
Igual de magistral manera escribía: Os nace un niño – dice el
proverbio-, creéis tener en él un lobo que nadie será capaz de asustar, y quizá
no sea más que un vil insecto que se dejará aplastar por el primero que llegue.
Os nace una niña, no veis en ella más que un tímido ratón, y quizás sea un
tigre atroz que siembre el terror por todas las partes. Tú, a quien deben mirar
siempre como un ratón, ¿quieres no acabar en tigre? Pues es bien fácil.
Conserva constantemente la timidez que es innata en tu naturaleza.
Si de la casa paterna has pasado a la de un esposo, ante cualquier cosa
que te sucediera y sea cual fuere tu situación, no olvides jamás la práctica de
dos virtudes que yo recomiendo como base de todas las demás y que han de
constituir tu más brillante y seguro atavío.
4º. De las
cualidades que debe tener una mujer amable.
La amabilidad. En el artículo cuarto trata de las prendas que se hacen
amable a la mujer. Se reducen a cuatro: la virtud, la palabra, la figura y las
acciones.
La virtud de una mujer debe de ser sólida, entera, constante, al abrigo
de toda sospecha. No debe de tener nada de adusto, nada de áspero, ni
repugnante, nada de pueril, ni demasiado minucioso.
Sus palabras deben ser siempre decorosas, dulces, mesuradas. No debe de
ser taciturna, pero tampoco ha de ser parlanchina. No debe decir nada trivial,
ni rudo mas esto no significa que haya de buscar expresiones pedantes, ni
querer demostrar agudeza. Si está instruida no debe alardear de erudición.
Resulta ridículo que una mujer cite constantemente datos históricos, libros
sagrados, obras literarias. Se la considerará mucho más si no se la oye hablar
de estos temas, y sólo cuando una circunstancia oportuna se preste a ello, lo
demuestre con una cita, o resumen, en pocas palabras.
La hermosura no es una prenda que se pueda adquirir y no depende de
nosotras, por ello yo pido y me gusta, en las mujeres, una prenda que ella pueda
adquirir, y gracias que ella misma pueda darse, si no las tiene por nacimiento.
Recordad que una mujer es siempre bastante hermosa a los ojos de su marido
cuando tiene constantemente dulzura en la mirada y en el sonido de su voz. Aseo
en su persona y en sus vestidos. Buen gusto en sus galas y en lo que la rodea y
modestia en sus palabras y en todo su continente.
Por lo que hace referencia a la cuarta prenda, las gesticulaciones,
conviene decir que nunca debe hacer ninguna que esté reñida con el orden y la
decencia, para la honesta satisfacción de un marido prudente y el buen ejemplo de
los hijos y de los allegados. Los gestos, los ademanes, debe hacerlos
comedidos, sin exagerarlos en ninguna ocasión. Ni precipitados, ni lentos. Con
naturalidad y sin afectación.
5º. De la
adhesión inviolable que la mujer debe tener a su marido.
El esposo es el cielo de la esposa. En el artículo quinto,
Pan-Hoei-Pan trataba del cariño que la esposa debe al marido manifestando:
Cuando una muchacha pasa de la casa paterna a la de su marido, todo lo
pierde, hasta su nombre. Nada tiene suyo. Lo que ella lleva, lo que ella es, su
persona todo pertenece al que le dan por esposo.
A su esposo deben en lo sucesivo encaminarse todas sus miras. Vivo o
muerto, a su esposo debe su corazón.
Por los estatus consagrados en nuestro ceremonial El libro de los ritos,
un hombre después del fallecimiento de su mujer, tiene la facultad de volver a
casarse. Tiene, incluso, la misma facultad hasta en vida de su mujer, por las
razones que en otra parte del libro quedan bien explicadas.
Una mujer no puede, por ningún motivo, ni en vida ni después de la
muerte del esposo, contraer segundas nupcias, sin quebrantar las leyes del
ceremonial y sin deshonrarse.
El esposo es el cielo de la
esposa, dice una sentencia
contra la cual jamás se ha reclamado. ¿Hay algún paraje en la tierra donde
quepa no estar debajo del cielo?. Así pues, para todo el tiempo que estuviera
ella en la tierra, esto es, durante toda su vida, se halle una mujer debajo del
cielo de su esposo.
Consecuente con esta opinión el Libro de las leyes para el sexo, expresa
lo siguiente: Si una mujer tiene un marido a tenor de los anhelos de su
corazón, es para toda la vida. Si tiene un marido contra su corazón, es para
toda la vida. En el primer caso es una esposa feliz y lo es para siempre. En el
segundo caso es desgraciada y su desdicha no cesará sino cuando deje de vivir.
En tanto que por un repudio en debida forma no haya el marido desechado
lejos de sí a una mujer cuyos defectos no pudieron corregirse, conserva todos
sus derechos sobre ella, puede y debe exigir de ella el apego más inviolable.
En tanto que una mujer está bajo la autoridad del marido, su corazón no es un bien del que ella pueda disponer, puesto que pertenece todo
entero al hombre cuyo nombre lleva.
6º.De la
obediencia que debe una mujer a su marido y a los padres del mismo.
El artículo sexto habla de: La obediencia que se debe al marido, al padre y a la madre del marido y añade: Una mujer que no tuviera esta virtud -obediencia sin
excepción de tiempo, ni de
circunstancias-, en su totalidad, sería indigna del bello nombre de esposa. Una mujer
que sólo la tuviera en parte, no tendría de qué quejarse si se obrase con ella
con todo el rigor de la ley. No hay cosa en la
tierra que no pueda unirse a otra; no las hay tan fuertemente unidas que no puedan dividirse.
Una mujer que ama a su marido y que de él es amada, le obedece gustosa,
tanto porque en esto no hace más que seguir su inclinación, cuánto porque viene
a estar casi segura de que en todo, bien considerado, no hará sino lo que él
quiera, y que, por más que haga, siempre sabrá lograr la aprobación del hombre
a quien agrada. Una obediencia absoluta, tanto para con su marido como para con
su suegro y su suegra, es lo único que puede poner al abrigo de todo vituperio
a una mujer que llene, por otra parte, todas sus demás obligaciones.
Esta obediencia, ciega, absoluta, resignada, la escritora china la
recalca y añade: Dice muy bien El libro de las leyes para el sexo que la mujer
debe de ser en la casa como una pura sombra y un simple eco. La sombra no tiene
forma aparente, sino la que le da el cuerpo; el eco no dice precisamente sino
lo que se quiere que se diga.
Los problemas familiares, con toda la sumisión, la mujer tiene que
tender asimismo a evitar disgustos y problemas familiares. Después de referirse
a los suegros alude a las relaciones, buenas relaciones, que deben mantenerse
con los cuñados y cuñadas. Veamos cómo se expresa ante tema tan delicado:
Para que este axioma pueda realizarse, debe una saber prescindir de los
pequeños disgustos y chismorreos que surgen en las familias. La convivencia y
las relaciones son a menudo peligrosas, si uno deja llevarse de ciertos
impulsos. Conviene que le mujer no contradiga nunca a los demás. ¡Sufra en paz
que la contradigan! No conteste jamás a las palabras, duras y molestas, que le
dijeren. No se queje de ellas a su marido. No desapruebe, jamás, lo que ella
ve, ni lo que ella oye a menos que sean cosas evidentemente malas o
perjudiciales a la honra. Acate las voluntades ajenas. Comenta la famosa
escritora: Suegro, suegra, cuñados y cuñadas, aunque fuesen tigres, no podrán
menos que estimar y que rendirse a una mujer que se porte tan bien con ellos.
En todo tiempo y en todas partes alabarán su virtud y su buena índole. La
táctica de la sonrisa y de la paciencia. Podríamos nosotros decir que es la
táctica de la sonrisa, de la paciencia, llevada al máximo.
Lo cierto es que el Código de las mujeres chinas fue recibido con
excepcionales elogios por la corte, los mandarines y el pueblo. El sabio Mayung
prodigó sus ditirambos como presidente de los Letrados que iban a trabajar
diariamente en la biblioteca del Palacio Imperial y para demostrar lo valioso
de los artículos – que he resumido-, sacó una copia de ellos, de su puño y
letra. Una vez hubo terminado se la entregó a su esposa diciéndole: ”Apréndete
de memoria estos consejos y contribuirán a perfeccionarte. Difúndelos entre tus
familiares y amistades”.
Cuando a la edad de setenta años murió Pan-Hoei-Pan, fue llorada,
relatan las crónicas, por cuántos tuvieron la dicha de conocerla. Se le
dedicaron honras fúnebres extraordinarias. En el transcurso de los siglos se
perdieron y destrozaron muchos de los elogios que se le dedicaron pero ha
quedado la extensa inscripción lapidaria que otra mujer célebre mandó grabar
sobre su sepulcro:
“Se encumbró sin perderlo, al puesto de los autores más sublimes. Ella
se humilló, porque quiso hacerlo, hasta el nivel de las mujeres más ordinarias
y también más humildes, a quienes no desdeñó de igualarse con la sencillez de
sus costumbres. Su asiduidad en cuidar de los quehaceres domésticos, su
escrupulosa atención en no desatender ninguno de los más pequeños detalles del
gobierno de su casa, fueron ejemplares. Únicos.
Respetada por las personas de
su sexo, a quienes no obstante no había reparado en decir las verdades más
humillantes, vivió hasta una vejez avanzada, en el seno del trabajo y de la
virtud. En paz consigo misma y con los demás.
Ojalá la preciosa memoria de
sus virtudes y de su mérito la haga vivir en los siglos venideros, hasta
nuestros descendientes más remotos”.
Esta obra escrita en China hace dos mil años honraría a cualquiera con
el transcurso del tiempo por ser atemporal en su doctrina, donde con el
pensamiento de la autora nos muestra la utilidad de su filosofía personal tan
aplicable a la vida actual en la vida matrimonial donde el secreto es la
sumisión de la mujer en pos de la felicidad del hogar y los hijos donde el
esposo es la base tanto de su felicidad como de su sustento dentro del vínculo matrimonial.
La sumisa abandonada a su fantasía sólo produce monstruos pero unida a
un Señor y Amo es la más bella de las mujeres.
Mario Rey: Escritor y poeta chino.
Cuando el tiempo quema. Miguel Bosé (1986)
25 años sin Tete Montoliu.
Acrílico sobre lienzo 40x41